Hay experimentos que son parte de la cultura general: el experimento de Milgram, la prisión de Stanford, el estudio de los macacos de Harlow. Estos estudios no solo produjeron hallazgos científicos importantes — generaron debates éticos que transformaron la forma en que se hace investigación en ciencias humanas. Entenderlos es indispensable para cualquier estudiante de psicología.
Stanley Milgram (1963) quiso entender si personas ordinarias podían cometer actos crueles bajo órdenes de una autoridad. Pidió a participantes que aplicaran descargas eléctricas (simuladas, aunque ellos creían que eran reales) a una persona en otra habitación, con la justificación de que era un estudio sobre el aprendizaje.
El resultado fue inquietante: el 65% de los participantes llegó al nivel máximo de descarga (450 voltios, etiquetado ‘peligro severo’), a pesar de escuchar las protestas del supuesto víctima. La conclusión: la obediencia a la autoridad puede llevar a personas comunes a comportamientos que normalmente considerarían inaceptables.
Philip Zimbardo (1971) asignó aleatoriamente roles de ‘guardia’ o ‘preso’ a estudiantes universitarios en un entorno simuládo de prisión. El estudio debía durar dos semanas. Fue interrumpido a los seis días.
Los guardias comenzaron a abusar de su posición, humillando y hostigando a los presos. Los presos mostraron signos de colapso emocional. El estudio demostró cómo las situaciones y los roles institucionales pueden dominar la conducta individual, muchas veces más que los rasgos de personalidad.
Harry Harlow (1958) crió macacos rhesus separados de sus madres y les ofreció dos madres artificiales: una de alambre con bibéron (comida) y una de tela sin bibón (confort). Los macacos pasaban la mayor parte del tiempo con la madre de tela, y corrían hacia ella cuando se asustaban.
El hallazgo refutó la teoría conductista dominante, que sosítenía que el apego se forma porque el cuidador provee comida. El afecto físico y el consuelo son necesidades primarias, no derivadas.
Estos experimentos son inseparables del debate ético que generaron. Hoy ningún comité de ética aprobaría el estudio de Milgram o la prisión de Stanford tal como se realizaron. Sus hallazgos contribuyeron a transformar los estándares de investigación: la declaración de Helsinki, la creación de comités de revisión institucional, y el principio de consentimiento informado pleno son, en parte, respuesta a los excesos de estas épocas.
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