Pregunta a cualquier docente sobre estilos de aprendizaje y probablemente escucharás algo sobre alumnos «visuales», «auditivos» o «kinestésicos». Esta clasificación, conocida como el modelo VAK, es una de las ideas más difundidas en formación y educación. Es también una de las que cuenta con menor respaldo empírico.
Entender qué dice realmente la investigación sobre cómo aprendemos es fundamental para diseñar mejores prácticas educativas y no desperdiciar recursos en estrategias que no funcionan.
La hipótesis de los estilos de aprendizaje tiene dos partes: (1) las personas difieren en su estilo preferido de procesar información, y (2) el aprendizaje mejora cuando la instrucción coincide con ese estilo. La primera parte tiene cierto apoyo — las personas sí tienen preferencias —. La segunda parte, la que importa para la educación, no lo tiene.
Una revisión sistemática de Pashler et al. (2008) publicada en Psychological Science in the Public Interest encontró que no hay evidencia de que enseñar a cada alumno según su «moda sensorial» mejore los resultados de aprendizaje. El efecto esperado — que los «visuales» aprendan mejor con material visual y los «auditivos» con material auditivo — simplemente no aparece en los datos.
Lo que sí funciona, según la ciencia cognitiva del aprendizaje:
Recuperación activa (retrieval practice): Recuperar información de la memoria — mediante pruebas, preguntas, flashcards — consolida el aprendizaje mucho más que releer. El esfuerzo de recordar fortalece la traza de memoria.
Práctica distribuida: Distribuir el estudio en el tiempo (estudiar un poco cada día durante una semana) es mucho más efectivo que concentrar el estudio en una sesión larga justo antes del examen («marathon»). El cerebro consolida mejor cuando hay intervalos de descanso entre sesiones.
Interleaving: Alternar entre distintos tipos de problemas o temas en una misma sesión, en lugar de practicar un solo tipo hasta dominarlo. Parece menos eficiente a corto plazo pero produce mejor retención y transferencia.
Elaboración: Conectar la nueva información con conocimiento previo, explicar por qué las cosas son como son, generar ejemplos propios. La profundidad de procesamiento importa.
Ejemplos concretos y abstracción progresiva: Comenzar con ejemplos concretos antes de introducir conceptos abstractos facilita la comprensión y la retención.
Varias razones. La idea es intuitiva y se ajusta a la experiencia subjetiva de tener preferencias. Los formadores tienen incentivos para enseñar algo concreto y aplicable. Y hay toda una industria de tests y materiales alrededor de los estilos de aprendizaje.
Pero el criterio debe ser la evidencia, no la popularidad. Las estrategias que realmente mejoran el aprendizaje — retrieval practice, práctica distribuida, elaboración — no son intuitivas. De hecho, tienden a sentirse «más difíciles», lo que las hace menos populares aunque sean más efectivas.
Lo que la investigación identifica como realmente determinante: la calidad de la instrucción, el nivel de desafío cognitivo apropiado al estudiante, la retroalimentación oportuna, el clima emocional del aula, y la motivación del alumno. Estas variables tienen efectos robustos y replicables. Los estilos de aprendizaje, en cambio, no.
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